Santiago Balmes es un reputado escritor que no tiene relación con sus hijos. Gravemente enfermo, decide llamarlos para pasar unos días juntos en la casa familiar donde pasaban los veranos. El reencuentro es doloroso porque las heridas siguen abiertas desde que los abandonara, a su madre y a ellos, para empezar una nueva relación. Los tres hijos tienen perfiles muy distintos, y cada uno gestionará la situación de una manera distinta, tratando de entender por qué los dejó y no estuvo a su lado cuando más lo necesitaban.
El reencuentro es especial para Alberto, el hijo menor, que está a punto de convertirse en padre por primera vez y se siente inseguro, no sabe cómo comportarse con su pareja ni cómo afrontar la paternidad, pero su mayor miedo es convertirse en alguien como su progenitor. Santiago se defiende diciéndoles que su padre nunca jugó con él ni le hizo carantoñas ni le dio muestras de cariño y que no deberían reprocharle nada porque nunca les faltaron las comodidades.

Nadie nos enseña a ser padres. Un drama familiar sobre la dificultad de ejercer la paternidad y la herencia que dejan en el tiempo las decisiones tomadas. El film no adoctrina, se limita a enseñarnos el dolor y el rencor, pero también cierta empatía -quizá más conmiseración-, acercamiento y perdón. Diálogos potentes, bien trabajados, con buenos picos de tensión, humor, y la excelente interpretación de Eduard Fernández, como nos tiene acostumbrados.
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