Los Descendientes. Alexander Payne (2011)

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El quinto y último de los largometrajes del norteamericano Alexander Payne bebe mucho de la literatura norteamericana actual. Desde cómo afrontar un futuro tan incierto como esperanzador de la escritura del gran Richard Ford y su memorable “Acción de gracias”, tercera parte de la trilogía protagonizada por Frank Bascombe, pasando por la irregular vehemencia de ese trazado sobre cómo lo cotidiano arrastra la incertidumbre de la sobrevalorada “Libertad” de Jonathan Franzen, hasta la más lejana ironía humorística del mejor John Irving, aquel que roza lo ridículo y tiene como trasfondo las relaciones de pareja.

Y Alexander Payne, en esta sobresaliente “Los descendientes”, refleja en tono mayor y con mucha dulzura dentro el cómo y porqué de un pasado que ha querido ser olvidado pero que vuelve para arrastrar a un solitario personaje hasta sus últimas consecuencias; esto es, el único tesoro que le ha dejado el pasado con su ex-mujer, sus dos hijas. Y de ahí en adelante, como un camino por recorrer, queriendo saldar las cuentas para quedar sereno , empieza de cero y se iguala a sus descendientes, y así permanecer empatado con su pasado reciente y quedar tranquilo frente al mundo que le quede por transitar. Por eso, la búsqueda del amante de esta mujer (en un tono nada frívolo), sirve de pretexto como camino de anhelo ante algo que ha quedado aparcado para siempre y nunca se podrá olvidar. El escollo que ha quedado sin sortear sale a la luz y mientras la mujer no puede decir una sola palabra, su marido habla para terminar en paz, con él mismo y con ella, como último lazo de unión entre ambos. Y la sangre de estas personas personalizado en sus dos hijas, funciona como testimonio de algo consanguíneo que son los trazos parecidos a ambos, común e imperecedero; de ahí que las conversaciones entre el padre y la hija mayor (esta última, la mejor actriz de la película) funcionen como resorte que activa el pasado y pueda solucionar la relación de ahí en adelante. Ese interrogante se deja en el aire, pero su sabor queda en el tiempo en el espectador durante mucho tiempo.

Lo que podría haberse contado una y mil veces, aquí Alexander Payne lo hace de manera diferente. Con ternura, sarcasmo a veces, y siempre un fondo de melancolía. El mar y la tierra como elementos naturales de la vida, actúan como testigos de ese telón, que baja implacable como un significado de vida y muerte, dejando detrás los recelos y rencores en una última escena que sentencia, como lo hacía la que cerraba la excelente “Nader y Simin, una separación”, todo el significado de un magnífico largometraje; el mejor del inicio de 2012.

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