Desde el primer fotograma sabes que estás ante una buena película. La luz, el color, la música, el encuadre, todos los elementos conjugados te hacen notar que hay una mano detrás dirigiendo con criterio y, también por supuesto, una producción sólida para poder llevarlo a acabo. “Mis muertos tristes” cuenta la historia de una mujer que tiene la virtud (o maldición) de ver a los muertos. Una capacidad que la hace única y ,también quizás por eso solitaria, hasta que recibe la visita de su hermana, su cuñado y, sobre todo, su especial sobrina. La complicada relación con todos ellos y, sobre todo, con su hija le harán ver que aunque pueda escuchar a los muertos no es capaz de ayudar a sus personas más cercanas.
Es una bendición para el Festival contar con un director como Pablo Larraín en la Sección Oficial. Y más ahora que, a las ya habituales dificultades para incorporar títulos de primer nivel por la competencia con los grandes certámenes, se suma la buena acogida que están teniendo fuera directores españoles que antes ayudaban a manante un nivel alto en San Sebastián. El cineasta chileno es ante todo un narrador que sabe contar historias pero además lo hace aportando siempre un sello visual diferencial, con sus movimientos de cámara, su fotografía y cuidando cada detalle, desde los elementos de atrezo hasta el vestuario. Ese contraste entre el trasfondo social de su nueva película y la estética más elaborada es uno de los grandes valores del film. Otro, sin duda, los brillantes diálogos llenos de ironía y cinismo de una protagonista genialmente interpretada por Mercedes Morán. Como pega, quizás, podríamos mencionar su duración: más de tres horas, justificadas por su difusión destinada a Netflix en formato de miniserie de cuatro capítulos. Aunque los largos metrajes son algo habitual en Larraín, como nos viene acostumbrando con sus más recientes biopics. Podría convertirse en la primera serie en conseguir la Concha de Oro

Sin comentarios