Luo Jia es un joven minero que lleva una vida aburrida e insustancial en un pueblo polvoriento y desangelado de la China profunda. Un día aparece en su vida Su Qing, una joven prostituta por la que enseguida muestra interés, hasta el punto de pedirle que deje de estar con otros hombres para iniciar un proyecto de futuro con él. La relación se convierte en un refugio para ambos, en la promesa de otra vida, pero el recorrido no será fácil.

El cineasta chino Ah Biao presenta en ésta, su ópera prima, un retrato tremendamente descarnado de la soledad y la supervivencia. Los planos largos -excesivamente prolongados-, los diálogos casi inexistentes, la expresividad contenida hasta el infinito, las elipsis, son herramientas que el realizador utiliza para mostrarnos el vacío existencial, la ausencia de expectativas y, en definitiva, la desolación. El paisaje industrial crudo, de un pueblo minero en semi ruina, sin personas ni paisanaje -salvo los protagonistas marginados-, frío, encharcado, que solo atraviesan camiones, funciona, porque crea una atmósfera de devastación. Por si fuera poco, Biao introduce en la narración pinceladas de incesto y a un proxeneta con corazón.
Una historia al estilo de las de Aki Kaurismaki, pero sin humor, y llevada aún más al límite que las del cineasta finlandés.
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