Vicentina ha perdido a uno de sus hijos en un accidente de tráfico y llora su muerte. Pero hay un sentimiento que emerge con fuerza a la par que el dolor: el de culpa. Vicentina se siente responsable por todas las víctimas del accidente porque su hijo Wesley era el conductor del autobús urbano que cae al vacío desde el dial elevado -las imágenes muestran como el ómnibus se desvía repentinamente de la trazada recta, supera el guardarraíl y cae, sin que intervenga otro vehículo o circunstancia que fuerce el desvío y la precipitación-. La prensa especula, la propia Vicentina entra en un bucle de pensamientos que le van minando la moral, las energías, la estima. Busca respuestas, intenta averiguar si su hijo pasaba por un mal momento, si tenía problemas, si sufría de depresión, si algo le llevó a… pero no va a encontrar respuesta en ninguna parte. Por otra parte, como madre, se siente responsable y culpable de lo acontecido por lo que emprenderá un periplo que le llevará a entrevistarse con familiares y allegados de la víctimas del accidente. En ellas encontrará consuelo, crispación, dolor, resignación, resentimiento, en definitiva, todo tipo de reacciones ante la pérdida. Las charlas son una mezcla de vía crucis y redención.

Nos encontramos ante un drama con una puesta en escena contenida, sin aspavientos ni paroxismos, que explora las emociones humanas ante la muerte de un ser querido, pero también nos habla de empatía, de amistad y solidaridad, de culpa, perdón y amor incondicional. Todo el peso del largometraje recae sobre la protagonista, Valentina, que interpreta la actriz brasileña Rejane Faria. Un film que en su primer pase ha recibido una buena acogida desde el patio de butacas y bien podría llevarse estar en el palmarés de este Zinemaldia 2026 por la dirección o, sobre todo, la interpretación.
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