Este Narciso no pide admiración, no necesita aprobación, quiere espacio.
Narciso, escrita y dirigida por Marcelo Martinessi, sumerge al espectador en el Paraguay de 1959 para desplegar un sórdido thriller dramático sobre la represión en el inicio de la dictadura militar. Lejos de nostalgias amables como Días de radio, la película expone una atmósfera claustrofóbica, envuelta en un machismo lacerante, donde la libertad, las conciencias y los cuerpos resultan sofocados por el régimen.
La trama sigue el regreso de Narciso desde Buenos Aires, encarnado por el debutante Diro Romero. Carismático, magnético e impregnado de la energía del rock and roll, se convierte de inmediato en una celebridad radial y en un símbolo de emancipación deseado por hombres y mujeres. Sin embargo, su luz se apaga de golpe al aparecer sin vida tras su último show, detonando un enigma atravesado por el miedo y el silencio social.
Visualmente, la propuesta bebe del aislamiento claustrofóbico de Edward Hopper, la perturbación de Francis Bacon y el dramatismo de Fassbinder. En este escenario, la historia discurre entre la homofobia del poder, enarbolando los valores tradicionales, y el culto al chulo en los ambientes más sórdidos, impregnada de forma equidistante de un machismo asfixiante.
El reparto reúne la frescura joven con la veteranía de grandes figuras como Nahuel Pérez Biscayart, Mona Martínez, Manuel Cuenca, Margarita Irún y Arturo Fleitas.
Avalada por el Premio FIPRESCI en la Berlinale y su paso por la sección Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián, Narciso se erige como una obra contundente que utiliza el misterio alrededor de un ídolo musical para diseccionar las heridas de la intransigencia política y social, anclada en lo peor del heteropatriarcado.
Critica de #JMConte

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