Oskar es un viejo amigo de Donostilandia. Desde que sorprendiera al mundo con su original “Emak Bakia”, nos hemos ido encontrando en diferentes momentos de su singular carrera. Su presencia en esta edición del Zinamaldi, donde presenta su última película, es una buena excusa para volver a charlar con él.
“Hamalau Gau” nace de un encargo de EITB, más bien una carta blanca para realizar una pieza sobre Jorge Oteiza. Meses después, ese encargo se ha convertido en una película con la que vuelve, más de una década después, al SSIFF.
Donostilandia: Para empezar me gustaría centrarme en la Idea. ¿Cuál era tu idea al enfrentarte a este proyecto y qué intención tenías al abordarlo?
Oskar Alegría: La idea nace de tratar de borrar una idea muy fija diría. La verdad es que, en el proceso, han surgido o se ha moldeado también la idea. Había una primera prueba que consistía en intentar trazar 14 noches y a ver que sale. Pero, como uno se adentra en la noche con una linterna, las cosas que han ido apareciendo son la película, podría decirse, de un explorador. Yo me he sentido un explorador, entrando en una cueva, entrando en un establo, entrando en un barco por la noche. Esa linterna te va descubriendo, con su punto redondo de luz, nuevas ideas que antes no estaban en tu cabeza. En el sentido más práctico, es verdad que es un encargo pero al ser también una carta blanca muy libre, ha permitido que esa idea haya nacido durante la película.
Donostilandia: Este punto nos lleva a hablar del proceso. La película transcurre a lo largo de 14 noches, a partir de los 14 apóstoles que esculpió Oteiza en Nuestra Señora de Arantzazu.
Oskar Alegría: El proceso, en este caso, ha sido fácil porque hay unos límites. Los 14 apóstoles te limitan a hacer 14 noches y a mí me gusta mucho esa limitación. Como hacían los Oulipianos, con Perec a la cabeza, que manejaban una gran libertad dentro de unos límites. Es una paradoja, pero así es.
Entonces, dentro de esas 14 noches, hay una métrica que hay que cumplir pero luego hay una improvisación como la del bertsolari. La verdad es que me he sentido un gau-jartzaile. Si el gai-jartzaile es el que pone el tema, el gau-jartzaile sería algo así como el que pone la noche. Y en ese proceso, una de las cosas que me han parecido más sorprendentes, ha sido darle la vuelta al proceso habitual, que sería encargar la música al final, con la película ya montada o editada, con las imágenes ya visibles. Nuestro proceso ha sido el contrario, hacer la música sin ver las imágenes, susurrándolas a Iñar Sastre en el órgano. Iñar sería un organolari, es decir, alguien que improvisa con el órgano unas imágenes que no ve y que le entran por el oído. Es una película, al final, con un proceso muy anatómico. Iñar Sastre ha recibido la película en sus oídos y la ha sacado por sus manos. Pero en ese proceso, la película le ha atravesado el cuerpo, pasando por el corazón también. Y a mí eso me ha parecido maravilloso, cómo Iñar ha podido integrar físicamente la película, interiorizarla. Y al final, yo creo que es la única persona que realmente ha visto la película antes de que naciera.
Donostilandia: Centrándonos en Oteiza como figura esencial de nuestra cultura, ¿Qué hace tan especial su obra?
Oskar Alegría: Para mí la grandeza de Oteiza es su misterio. Oteiza para mí es una puerta cerrada que cuesta abrir, cuesta entender, cuesta compartir su mirada, pero una vez que abres esa puerta, si logras pasar a la otra estancia, te encuentras con otra puerta aún mayor, cerrada. Y más cerrada aún. Y yo creo que ese no poder desvelar el misterio me parece que es lo que le hace grande. Eso y lo inabarcable que es. Oteiza es inagotable. Una fuente que puede saltar en cualquier esquina. También por su teorización. No es una persona que sólo nos demuestra con la práctica de su obra lo que es capaz de hacer, también está el amplio mundo de sus ideas.
Pero sobre todo por su silencio. Es de los pocos artistas -Félix Azúa, en su Diccionario de las Artes, le dedica la “s” de silencio, precisamente, porque con una gran valentía y honestidad, diría, es capaz de abandonar su proceso experimental en la escultura y reconocer que ha agotado ese proceso. Entonces, entra en un silencio que es una maravilla, porque su silencio comienza a ser su poesía, que es una hoja en blanco donde él dice que pone una palabra y espera. Al final, yo creo que quizá su gran obra de arte ha sido esa hoja en blanco del final.
Donostilandia: Por último me gustaría preguntarte por el Zinemaldi. Supongo que habrá sido una gran noticia la selección de tu película. ¿Es Zabaltegi un buen espacio para ella?
Okar Alegría: Hay una feliz coincidencia. Yo estuve en el Zinemaldi hace exactamente 14 años con mi primera película que era “Emak Bakia baita” y 14 años después regresó con una película que se llama 14 noches y a la misma sección. Por eso, creo que he cumplido un círculo porque, Zabaltegi también es el lugar donde más cómodo me siento. Zabaltegi, como su nombre indica, es un amplio abanico de posibilidades de ofertas cinematográfica. Y el cine que más me gusta o más cercano siento, creo que lo veo también en Zabaltegi. Entonces, haber empezado aquí y no sé si es haber acabado aquí, porque siempre pienso que mi última película va a ser realmente la última. Luego nunca lo cumplo, pero bueno. Me parece un lujo, además hacerlo de la mano de Oteiza, de la mano de Euskal Telebista…Creo que es el lugar más adecuado, la ventana más adecuada.
Begoña del Tesoro ha escrito un texto muy bonito sobre la película en el que termina diciendo: esta película es una ventana. Hemos hablado antes de que Oteiza es una puerta cerrada que si la abres te encuentras con otra puerta cerrada, pero Oteiza es también una ventana. Una ventana que es, como él decía, una piscina del cielo. Como los agujeros desde los que miraba al cielo en la playa de Orio que eran ventanas. Ventanas al cielo donde él encuentra la salvación.


Sin comentarios