DISTOPÍAS

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Os dejo aquí este artículo del escritor y colaborador de Donostilandia Kerman Arzalluz, hoy que es el día internacional del libro; en sus palabras: “una mezcla de recomendación literaria, opinión, reflexión, relato de un confinamiento…tres libros que recomiendo y me sirven de excusa para hablar de la situación actual”.

  

                                                                                                                    DISTOPÍAS 

 

Será porque uno es muy “peliculero” o porque como autor siempre está fabulando -o confabulando, que esto del Covid-19 da mucho juego para las confabulaciones y conspiraciones de todo tipo-. Será porque uno pasa mucho tiempo maquinando historias, imaginando tramas, perfilando personajes o reflexionando, sin más, sobre el concepto de “originalidad”, o “transgresión” o “minimalismo” en literatura, o todo ello a la vez…el caso es que no ha sido una sino varias veces, de camino al trabajo, recorriendo las calles José María Soroa y Miracruz, y la avenida de la Libertad, tras cruzar el puente -todas ellas desiertas y en silencio-, las que me ha venido a la mente la idea de que en cualquier momento, doblando una esquina me iba a dar de bruces con los “caminantes” de “The walking dead”. La combinación de soledad y silencio con un entorno urbano, habitualmente plagado de gente, invoca este tipo de pensamientos inquietantes, cuando no negativos. En el cine se me ocurre, junto a la citada serie, “Soy leyenda”, por citar un ejemplo.

La asociación de ideas nos lleva de lleno a la distopía, a ese mundo futuro, normalmente postapocalíptico, caracterizado casi siempre por ser un mundo cruel, implacable con los débiles, falto de escrúpulos, en el que solo sobreviven los más fuertes, en el que la máxima es “matar o morir”. Y como este artículo va de literatura más que de cine, cabe mencionar que son tres obras las que, por encima de las demás, merecen ocupar un puesto de honor dentro la literatura distópica: 1984, de George Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Ni qué decir que las tres ocupan el podium de este subgénero dentro de la literatura de ciencia ficción con todo merecimiento. Quizá más de uno se lleve una sorpresa al leer la primera de ellas y comprobar que eso de “el gran hermano, el ojo que todo lo ve” no es cosa de un veterano reality de televisión.

Las solapas interiores o contraportadas de las tres obras recogen los siguientes comentarios: de 1984 se dice “…, un libro vivo y actual, una novela plagada de emoción, que se lee con el ánimo encogido a causa de la pavorosa profecía que representa”; en Un mundo feliz, “…una sombría metáfora sobre el futuro”, en Fahrenheit 451, “…describe una civilización esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo”.
La pandemia mundial que vivimos induce a pensar en escenarios apocalípticos, catastróficos. Algunos piensan que la naturaleza nos está dando una patada en el culo; otros, que el planeta se autorregula, se equilibra, cada cierto tiempo con una “cosa” de estas; los más acérrimos creyentes dirán que es una plaga que envía el Señor para darnos una lección por esta vida pecaminosa y de culto al materialismo que llevamos, indecente, carente de valores. Parece ser, según explicaba un científico recientemente, que la civilización actual y su actividad causan directamente y a diario la extinción de un sinfín de especies y, con ello, la eliminación de un número significativo de seres vivos que sirven de contención, permitiendo que los virus progresen y escalen con mayor facilidad en la cadena trófica hasta llegar al ser humano. Y junto a ello, que las condiciones de hacinamiento y la mala alimentación de los animales de cría para consumo humano, hacen que su sistema inmunológico se vaya debilitando, haciéndolos más vulnerables al ataque de los virus.

Sea como fuere, los más optimistas opinan, por contra, que nada volverá a ser igual, que aprenderemos de esta lección, que esta crisis sin precedentes en los últimos cien años nos va a hacer más solidarios, que vamos a aprender a valorar lo realmente importante de la vida, las pequeñas cosas, los pequeños gestos a los que normalmente no prestamos atención ni concedemos importancia: un beso, un abrazo, una copa de vino de charla pausada con un amigo, un paseo por una vereda de árboles… !y un jamón! que decíamos de pequeños. Sí va a ser así, no tengo la menor duda. Durante el primer mes de “libertad”; luego un poco menos, y en el momento que aparezca el maná, la anhelada vacuna, aquí no ha pasado nada porque la memoria es muy corta y el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Volveremos a enero de 2020, al mundo pre-Covid 19 que, dicho sea de paso, tampoco es tan malo como los informativos nos muestran, “todo el mundo es bueno” -o casi todo-, como decía Guillermo Summers.

En cualquier caso, y para acabar, podemos extraer y/ hacer hincapié sobre tres ideas: esta crisis pasará, otras llegarán, y nos habrá permitido ver lo mejor y lo peor de las personas, la vileza más repugnante y la solidaridad más conmovedora; 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451 son tres extraordinarias obras de ciencia ficción que hay que leer y estamos en un buen momento para abordarlas, entre otras cosas, porque nos presentan un mundo mucho peor que en el que nos encontramos y eso, en cierto modo, anima; y la reflexión de que la acción humana y el modus vivendi actual están -parece que están- directa o indirectamente detrás de la crisis actual, y nos están abocando -si no estamos ya pisándolo- al agujero negro que vaticinan los tres libros recomendados.

Y ahora os dejo, que van a dar las ocho y toca aplaudir y, de paso, saludar a esos perfectos desconocidos que viven enfrente de mí.

 

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