La segunda guerra mundial está a punto de terminar. La aparente normalidad en un pequeño pueblo del noreste de Alemania esconde nerviosismo y miedo entre los próceres de la comunidad pues el ejército ruso se aproxima y no va a llegar en son de paz. La mayoría de los hombres están en el frente y tan solo quedan en el municipio mujeres, niños y unos pocos hombres dedicados a las tareas de responsabilidad: el alcalde, el maestro y el cura.
El transcurso «normal» de la vida en el campo, la escuela, las casas se ve trastocado por la llegada de cadáveres por el río que anuncian la inminente llegada del ejército ruso con previsibles y fatales consecuencias para el pueblo. Tal es así que el alcalde adopta la más radical de las decisiones: no dejar nada al enemigo, ni bienes, ni recursos ni alemanes que matar, en definitiva, no dejar nada vivo. La determinación de acabar con los niños y quitarse de en medio es defendida por el alcalde, que tiene en el cura del pueblo a su principal opositor. Por otra parte está el maestro, confundido, que vive su propia crisis existencial y dos madres de la comunidad, enfrentadas también en sus posiciones: la de apoyo al alcalde -para evitar lo obvio, la llegada del enemigo y con él, una muerte horrible para todos; y la que sostiene que podrían escapar, que el adversario podría pasar de largo, incluso que la guerra podría haber terminado antes de su aparición.
Ulrike Tony Vahl no firma una película más sobre la segunda guerra mundial, ni una película más sobre la Alemania nazi -que en ocasiones nos produce pereza, al igual que una película más sobre la guerra civil- porque introduce un punto de vista diferente, esa mirada desde el lateral de la valla que decía Umbral. No se trata de una película bélica centrada en los soldados o en las batallas, sino en la descomposición de una pequeña comunidad, víctima del miedo, la propaganda y la obediencia a un régimen que, paradójicamente, les ha llevado a esa situación. El pueblo -y no el enemigo- aplicando una política de tierra quemada contra sí mismo.

Buenas interpretaciones, una atmósfera de tonos, luces y sombras muy lograda; bastante dura, por momentos; una cinta sobre el horror de la guerra con una guerra latente, que no aparece pero se siente presente y convierte la historia en una suerte de cuento de terror lúgubre.
Meritorio primer largometraje de la realizadora alemana, basado en hechos reales, que pone el foco en la oleada de suicidios colectivos que se produjo en Alemania en las postrimerías de la segunda guerra mundial.
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