Esto no es Paquita Salas, ni La llamada, ni Veneno, ni La Mesías, con todos los respetos para las obras previas de Javier Calvo y Javier Ambossi, los Javis. La bola negra es «otra película». Nos encontramos ante un largometraje complejo, ambicioso en todas sus facetas -puesta en escena, medios y recursos técnicos y humanos, interpretaciones, mensaje-.
La película entrelaza tres momentos históricos de tres hombres homosexuales: en 1932, Carlos experimentará el rechazo por culpa de su sexualidad -los miembros de un ilustre y decimonónico casino rechazan su ingreso por los rumores que existen sobre su homosexualidad (voto en contra -bola negra; voto a favor – bola blanca); en 1937, en el transcurso de la guerra civil, Sebastián se enamora de Rafael, un soldado apresado; y en 2017, Alberto, un historiador gay, investiga y descubre la conexión entre las tres etapas.

Los Javis reflexionan sobre la sexualidad y la violencia homófoba -política y social-. En el germen del planteamiento se encuentran unos folios rescatados de la obra «La bola negra» de Federico García Lorca, sin que la película aborde su biografía. Los realizadores recuperan la memoria histórica de los vejados por su condición homosexual y lo hacen con una estructura narrativa completa y muy sólida y una mezcla de estilos que funciona: drama bélico, romance, musical, memoria familiar. Recuerda a Almodovar, a ¡Ay, Carmela!, incluso a La gran belleza.
Premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes y candidata por España a mejor película extranjera en los Oscar, La bola negra es ahora mismo sinónimo de «ambición» y tiene por delante un más que probable recorrido de premios y éxito de espectadores.
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